Tendinitis, cervicalgia, lumbalgia… ¿cuál tienes tú y cómo tratarla?
El cuerpo humano nos habla constantemente. A veces lo hace con un simple crujido, otras con un leve pinchazo, y en ocasiones con un dolor agudo que te paraliza. Si alguna vez te has levantado sin poder girar el cuello, si ese dolor de espalda no desaparece por más que descanses o si tu muñeca se inflama tras repetir un movimiento, es muy probable que sufras una de estas tres dolencias tan comunes como molestas: tendinitis, cervicalgia o lumbalgia.
¿La buena noticia? Se pueden tratar. Pero antes hay que identificar correctamente cuál tienes tú.
Tendinitis: el castigo de los movimientos repetitivos
La tendinitis es la inflamación de un tendón, una estructura que une el músculo con el hueso. Aparece a menudo en personas que repiten constantemente ciertos gestos, como deportistas, oficinistas, músicos o trabajadores manuales.
Este tipo de lesión suele ser traicionera: al principio molesta solo con ciertos movimientos, pero si no se trata bien, puede cronificarse.
Señales de alerta habituales:
- Dolor localizado que empeora con la actividad.
- Ligera hinchazón en la zona afectada.
- Dificultad para realizar ciertos movimientos.
- Dolor nocturno, especialmente en hombros o muñecas.
El tratamiento más eficaz combina descanso relativo, aplicación de frío en fases agudas y calor cuando ya no hay inflamación. La fisioterapia, con técnicas como la punción seca o el masaje profundo, es fundamental para recuperar la funcionalidad.
Evita a toda costa el reposo absoluto prolongado: lo que el tendón necesita es una dosis justa de movimiento guiado.
Cervicalgia: el cuello que grita “basta”
Sentarse mal frente al ordenador, mirar el móvil con la cabeza agachada, dormir con una almohada inadecuada… Todo eso, acumulado, acaba convirtiéndose en lo que conocemos como cervicalgia: dolor en la parte alta de la espalda o el cuello.
Esta molestia no solo se manifiesta como rigidez. A veces aparece con mareos, dolor de cabeza o sensación de pesadez en los hombros. No es raro que afecte también al estado emocional: el dolor cervical genera tensión, y la tensión retroalimenta el dolor.
A diferencia de la tendinitis, que afecta más a zonas puntuales, la cervicalgia se siente más difusa. Puedes notar:
- Dificultad para girar el cuello.
- Molestias que se irradian hacia la cabeza o los hombros.
- Fatiga visual o mareos si el cuello está demasiado tenso.
¿La clave del tratamiento? El movimiento controlado. Los estiramientos suaves, la corrección postural y una buena higiene del sueño son tus grandes aliados. También ayuda mucho incluir rutinas suaves de movilidad cervical y evitar cargar peso sobre un solo lado del cuerpo (como bolsos pesados o mochilas mal ajustadas).
No subestimes el poder de una buena postura y un colchón que respete la alineación natural de tu columna.
Lumbalgia: un clásico moderno que no perdona
La lumbalgia, ese dolor que se instala en la parte baja de la espalda, es uno de los motivos más frecuentes de baja laboral. No hace distinción entre jóvenes o mayores, activos o sedentarios. Simplemente, aparece. Y muchas veces lo hace sin previo aviso.
La buena noticia es que en la mayoría de los casos no está causada por una lesión grave, sino por desajustes musculares, malas posturas o falta de fuerza en la zona del core.
Olvídate del mito de que hay que estar en cama: el reposo prolongado es contraproducente. Moverse, con sentido, es parte del tratamiento.
En lugar de bulletpoints, aquí una recomendación muy clara:
Si tienes lumbalgia, camina cada día aunque te duela un poco. El movimiento suave libera endorfinas, activa la circulación y reduce la rigidez. También puedes aplicar calor seco, hacer ejercicios de respiración profunda y fortalecer poco a poco la musculatura abdominal y lumbar.
Evita los esfuerzos bruscos, pero tampoco te conviertas en estatua. Encuentra el punto medio entre descanso y acción.
¿Y si el dolor no encaja del todo?
A veces el dolor no es tan claro. No sabes si lo que sientes es muscular, nervioso o incluso emocional. Y eso también es normal. Hay señales que indican que debes consultar sí o sí con un profesional:
- El dolor se irradia hacia brazos o piernas.
- Sientes hormigueo o pérdida de fuerza.
- El dolor aparece por la noche, sin causa clara.
- Has tenido fiebre o pérdida de peso sin explicación.
Más vale prevenir: tu cuerpo lo agradecerá
La mejor forma de tratar estos problemas es, sin duda, evitarlos. Y aunque suene a cliché, es cierto: el cuerpo necesita que lo escuches. No hace falta ser deportista ni obsesionarte con la postura perfecta, pero sí incorporar pequeños hábitos con gran impacto.
Cosas que puedes empezar hoy:
- Haz pausas activas si trabajas sentado.
- No cargues siempre con el bolso en el mismo hombro.
- Ajusta la altura de tu silla y pantalla en el ordenador.
- Estira el cuello y la espalda cada mañana.
- Duerme con una almohada que se adapte a ti, no tú a ella.
Un cuerpo que se mueve bien, descansa bien y se alimenta bien tiene menos probabilidades de lesionarse. Cuídalo y te responderá con creces.
No normalices el dolor
Vivimos en una sociedad que ha aprendido a convivir con el dolor como si fuera normal. Pero sentirse bien debe ser la regla, no la excepción. Si tienes molestias persistentes, ponles nombre. Si sabes qué es lo que tienes, sabrás cómo tratarlo.
Y si no lo sabes, pide ayuda. Tu cuerpo es tu casa. Y ninguna casa se mantiene sola.
Tal vez lo que sientes es una simple contractura, o tal vez una tendinitis que requiere descanso. Sea lo que sea, escuchar tu cuerpo es el primer paso para sanar. Y moverte, siempre con sentido, es parte del camino.